El primer día de clase. La primera cita. El primer beso. Las primeras veces siempre traen esos nervios especiales, esa mezcla de respeto y miedo a enfrentarte a lo desconocido. Pues, en cierta manera, así me sentí yo el pasado fin de semana (31 de mayo de 2026) cuando disputé mi primer triatlón: el Triatlón Sprint de Benalmádena.
Para los que no estéis muy puestos en este deporte, aquí va una explicación rápida de las distancias en esta modalidad:
- Natación: 750 metros en aguas abiertas.
- Ciclismo: 20 kilómetros de ruta.
- Carrera a pie: 5 kilómetros para terminar.
He disputado otras pruebas de fondo como carreras de 10K, medias maratones o maratones completas, pero un triatlón es una experiencia totalmente diferente. Desde la rutina del día anterior (¿qué preparo?, ¿qué necesito?) hasta las del propio día de la carrera: «no puede quedarse nada fuera de la caja de transición», «tienes que llevar puesto el casco siempre que toques la bici con la mano»… Incluso una vez terminada la prueba, hay normas que cumplir. Son muchos detalles nuevos que cuesta asimilar de golpe.
El entrenamiento
Estuve preparando la prueba (a medias) desde hace unos tres meses. Mi rutina semanal ha sido más o menos de dos días de natación en piscina, un día de spinning en sala, un día de carrera a pie, dos días de gimnasio y otros dos de descanso. Casi siempre en sesiones de unos 50 minutos.
Es cierto que por el camino he tenido alguna lesión menor, he estado enfermo y no he podido entrenar todo lo que me habría gustado. Tampoco he entrenado apenas los bricks, esos entrenamientos específicos donde encadenas dos disciplinas para acostumbrar al cuerpo a las transiciones (ciclismo-carrera o natación-ciclismo). Tan solo un par de domingos hice una sesión de bici tranquila seguida de 5 kilómetros de running. Poca preparación, aunque también es verdad que la distancia sprint no exigía grandes sacrificios en comparación con una maratón o una media.
Los preparativos y las primeras dudas
El día anterior a la carrera fuimos a cumplir con el ritual clásico que solemos tener los corredores: recoger el dorsal y preparar el material. Y justo ahí empezaron las dudas reales. Prácticamente no había entrenado con el tritraje (solo lo usé un día para nadar) y el neopreno solo me lo había puesto dos veces durante 20 minutos en total. Decidí que no iba a usar el tritraje para competir, sino un pantalón corto y una camiseta técnica estándar. Spoiler: fue una mala idea, luego os cuento por qué.
Para colmo de males, tuvimos problemas para meter la bicicleta en el coche. No había forma de encajarla. Al final, desmontando los asientos y sacando todo el equipaje, conseguimos meterla medio doblada, pero costó lo suyo y fue gracias a la ayuda de mi mujer.
A partir de ahí, la cabeza no paraba de dar vueltas: ¿cómo es la salida de natación?, ¿cómo funcionan las transiciones? Tenía dudas con casi todo.
El día de la prueba
¿Y qué es lo mejor para combatir las dudas? Llegar pronto. Así que allí estaba yo, a las 7 de la mañana ya aparcando en el Puerto Deportivo de Benalmádena.

Una vez que entré al área de transición (los boxes), las dudas se multiplicaron. En la fila de entrada ya me gané la primera regañina de los jueces de carrera: «si tienes la bici de la mano, tienes que llevar el casco puesto». Mensaje recibido y apuntado para la próxima.
Ya dentro, anunciaron que la temperatura del agua era buena y que el uso del neopreno no era obligatorio. ¿Qué hacía? El 95% de la gente se lo estaba poniendo porque te ayuda a flotar más y vas más rápido, pero yo solo lo había probado un par de días y no me gustaba nada la sensación de agobio. Decisión final: al agua sin neopreno, aunque solo fuse por no ponérmelo y quitármelo.
Pero los problemas no acabaron ahí. A falta de 5 o 10 minutos para empezar la natación, se me ocurrió preguntar de casualidad a uno de los organizadores si podía correr con mi plan de camiseta y pantalón corto. Su respuesta: «no, no puedes nadar sin camiseta» (refiriéndose a que no puedes ponértela después en la transición ni competir a pecho descubierto en el agua). Sin entender muy bien la lógica de esta regla, estuve a punto de quedar descalificado antes si quiera de empezar. Por suerte, había sido precavido y llevaba el tritraje en la mochila. Me cambié a contrarreloj de milagro porque encima el tritraje lo había dejado ya en el ropero.
Respecto a la organización, no estuvo mal en líneas generales, aunque eché en falta más señalización y algún baño en la zona de salida.
La carrera y sensaciones
En cuanto a mi rendimiento personal, la natación se me dio sorprendentemente bien. Diría que salí del agua entre el 30% de los de arriba, pero a partir de ahí la cosa cambió.
El sector de ciclismo fue horrible. Para empezar, competí con una bicicleta híbrida (mixta) en lugar de una de carretera, lo que me penalizó muchísimo en los llanos. Además, pagué caro el no haber entrenado la transición de natación a ciclismo. La subida de Benalmádena que está al lado del Parque de la Paloma me pareció una locura. Se me hizo bola por completo.
A la carrera a pie final, que en teoría era mi terreno fuerte, llegué muy tocado. Tenía las piernas destrozadas de la bici y para rematar me dio un flato insoportable que me impidió llevar mi ritmo habitual. Eso sí, la recompensa mereció la pena: al final de la recta de meta estaba mi familia esperándome, con mi hijo animándome a tope en los últimos metros.
Me quedo con una experiencia fantástica y un buen saco de lecciones aprendidas para la próxima vez. Porque sí, creo que habrá una segunda. Y seguramente probando una distancia mayor.
A por la próxima transición!